Atlas

Abel González Fernández

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The pure land quedará registrada en la historia de los aciertos de la producción visual contemporánea cubana. Los motivos sobran. Su causa hay que buscarla en la coherencia, en el estudio consciente, en la madurez y la persistencia del proceso creativo de un artista como Yornel Martínez.

La sencillez de la forma no implica la simplicidad de su experiencia.
Robert Morris

Hacer del dibujo el gesto de una muestra es algo osado, preferir renunciar antes al artificio que pactar con el abigarramiento. Mientras se abarrotan las paredes de las galerías habaneras, y la búsqueda de la espectacularidad se convierte en el anhelo más apremiante de muchos jóvenes artistas, Yornel dosifica la idea en el espacio del CDAV. Consciente de que en el dibujo está cifrada la escritura, alguna vez los ha conjugado bajo la forma de un caligrama. Ha intentado salvar cualquier distancia entre contenido y forma. Obsesionado con acercarse a los procesos, en esta ocasión escoge el gesto mínimo. La obra, que nace dibujada como primera instancia de la idea, se empeña en exhibir su condición de proyecto.

Cuentan que entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con cinco servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. “Necesito otros cinco años”, dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurrieron diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto.

Nada recoge mejor que esta viñeta la importancia del proceso dentro de la obra de arte, el resultado solo es un síntoma de algo mayor. Entre los espaciados intervalos en los que se puede observar sus muestras, Yornel práctica el arte como idea del arte. Sus gestos son siempre a la vez muchos gestos, golpes sintéticos que condensan la masa de un astro en un grano de arena. Tematiza la espera y la distancia, como si solo nos mostrara la parte en la que quiere concentrarse. En ocasiones puede ser Chuang Tzu, un escritor ágrafo, un excelente gestor de proyectos colectivos, o un posminimalista del mainstream. Su estética la mínima, su aspiración el todo, una sola cosa. (1)

Las traducciones visuales de ese gesto que es The pure land son un caballo cayendo en un paracaídas, un ojo que revierte su mirada a través de un telescopio –homenaje a Magritte−, un samurái ofreciendo su sangre al río, una hormiga que mira a la luna a través de una gota de vino, un payaso invisible en un girasol marchito. Todo a partir de un extravío en la mirada, de una sensibilidad propensa al visionaje y a la asociación libre. En otra de sus variantes el producto puede ser una apropiación particular de las escalas del mundo, la identificación de diferentes procesos vitales, o un juego entre la literalidad y el enigma. Hechos condensatorios una vez más, como la meditación de una figurilla humana dentro de un recipiente marcado por la pintura y convertido en lago, la ermita asociada al plano básico de la ermita, o el desvarío del trazo para los afluentes del cielo. Mientras Yornel avanza en reversa hacia la esencia despoja al referente de sus especificidades, restablece su orientación ecuménica, ensancha sus posibilidades de sentido.

Todo lo anterior se puede observar en una de las salas del CDAV. En otra, justo al frente, y bien separada por la curaduría de Caridad Blanco, quedó la pieza que le da título a la exposición. Ella merece un acápite aparte.

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El arte es largo.
Charles Pierre Baudelaire

Una línea tensada bajo una luz cenital y forrada de fragmentos de mapas del mundo es lo que vemos. Lo que no vemos, o más preciso, lo que leemos o imaginamos es muy serio. Su naturaleza hay que buscarla en la cultura más que en la historia del arte. (2)

Sus revelaciones nos hablan acerca de un continente invencionado por Colón a través de la letra. Según Lezama: “la imagen participando de la historia”. Es sabido la confusión que el navegante sufrió producto de sus lecturas de Marco Polo. América nació siendo otra, proyectada sobre una cartografía imaginaria. También nos habla acerca de la utopía desplazada, como el “sueño de lirio en lontananza” en el verso de Machado, como el orientalismo de una civilización en decadencia.

Su espectador es el hombre moderno en espera de la sociedad del futuro, es el poeta que sueña el territorio innombrado por la imagen y el estilo. Es el hombre temeroso de caminar de espaldas hacia lo desconocido y empeñado en encontrar lo que busca, es un viajero inmóvil, Ítalo Calvino frente a las ciudades imaginarias, Sarduy, Pound, Eliot, Blake y compañía, es una sentencia que versa: “la patria inmaculada solo existe en el horizonte” y que recuerda a otra de Roberto Bolaño: “nuestro mejor lugar está afuera”.

Su saldo es a la vez metáfora del conocimiento y definición política. Cartografías perdidas en una biblioteca distante y eterna e interacción social. Impulso por acortar las distancias, por liberalizar el movimiento. Apuesta por la renuncia y el desplazamiento. Ajeno a englobes generacionales y estilísticos −el zen no es más que una coartada− lo proyectos de Yornel son alternativos –P-350−, literarios o plásticos. Atrás queda la confusión entre Foucault y objeto artístico que no ha sabido resolver el arte relacional. Las superproducciones que estigmatizan lo povera. El autodidactismo convertido en escuela de la desesperación y el marketing. El horror vacui de un bar fashion con intenciones de comercializar arte contemporáneo.

Por estas razones la exposición de Yornel Martínez ejerce una fuerza sobre el gusto, es un voto por el viejo y sabio imperativo de decir mucho con poco, a riesgo de incomprensiones militantes o mercantiles. Algunos pueden pensar que el fundamento de su arquitectura visual es el White cube con todas intenciones, pero no, es solo un elemento de ese mundo que Yornel entrevé entre páginas y espacios. Mañana quizá le quedará corto y habrá que buscar su obra diluida en las afueras de un museo importante, en las circunvalaciones de la Bienal de La Habana, o en los terrenos de la próxima Documenta de Kassel.

(1). Acerca del gesto Gabriel Orozco escribe: “…es muy importante que la relación de tamaño entre el gesto y sus consecuencias no sean líneas paralelas, sino intentar que un gesto cualquiera, mínimo, puede tener consecuencias mucho mayores en la realidad que un mural o un edificio”.

(2). En su afán por capturar microcosmos Olafur Eliasson ha llegado a concebir un horizonte. Para Yornel este no es apresamiento, construcción artificial y tecnológica de la naturaleza, sino una operación muy cercana a la poesía −incluso la trasciende− donde la concentración es insoportable.