Esto no es una pipa

Por Daleysi Moya
 

Cuando en uno de los cuadros de su serie La trahison des images René Magritte contraponía el dibujo de una pipa con la negación textual de la veracidad de la imagen, más que a una contradicción, el artista apuntaba a una tautología de naturaleza lúdica (1). En efecto, la imagen plástica, a pesar de su paralelismo especular con el objeto referenciado, no llegaba a ser propiamente una pipa. Este gesto desconcertante ponía el acento sobre el carácter engañoso de lo representacional. El encuentro entre texto e imagen se propiciaba en la medida en que ambos negaban la presencia real de la pipa en el lienzo. Más aún, la escritura contribuía a desestabilizar los modos de asumir la concordancia entre figuración y realidad extrartística, entre el texto y esa misma realidad.

Algo de semejante accionar parece filtrarse en la obra-muestra de Yornel Martínez, que hace pocos días hubo de interpelar al espectador en la Galería Servando. La instalación se inscribe con absoluta armonía en una tradición reflexiva de tipo epistemológico. Sin embargo, en el caso de Yornel la energía del ejercicio –que bien pudiera explotarse desde su ángulo más ácido– se diluye en la suavidad de su tono. El artista no ha desterrado de la obra el juego, la vocación de quiebre, la ironía, más el lirismo que emana de la pieza la sitúa en un punto medio entre la avidez desautomatizadora de Magritte y la introspección apacible que caracteriza toda su producción. Con respecto a esta actitud ante los procesos creativos, y refiriéndose a una generación puntual de jóvenes artistas del patio (de la que Yornel participa), Elvia Rosa anotaba hace pocos años que se les mira atraídos por cierta sensibilidad, por la fascinación que ejerce esa ambigüedad desplazada entre la fragilidad y lo robusto, lo efímero y lo eterno. (2)

Para Yornel la práctica artística se ubicará en un sitio intersticial, un punto a medio camino entre la poesía visual de la imagen, la ritualidad del proceso creativo y la voluntad de desmontar el funcionamiento de cuanto le preocupa, ya sea como sujeto en tránsito o desde la sustancialidad de lo humano. Esta obra híbrida, en la que el componente intelectivo suele equipararse con el sensitivo, genera el extrañamiento del receptor, quien sospecha que más allá de la imagen –con toda su belleza y sobriedad– se articulan otros mundos de posibles significados. Llama la atención el hecho de que en su quehacer el aparato discursivo, ya se trate de piezas más conceptuales o de pequeños guiños estéticos, va a constituirse a partir de la sencillez propia del ademán. Parece que Yornel, más que enunciar, gusta de interrogar la capacidad de su mirada para redescubrir lo real y, de este modo, reinventarlo constantemente.

En el caso de La estrella, majestuosa lámpara de techo que hace suyo el amplio espacio de la galería y todo su sistema de iluminación,el ardid de Magrittese transparenta a través de la operatoria desplegada. No obstante, ahora es el texto quien afirma y la imagen –ya no bidimensional– quien desmiente las equivalencias entre representación y realidad. Y esta ruptura en el ámbito de las correspondencias nada tiene que ver con el manejo de un recurso como la metáfora, puesto que bien podría una lámpara aludir a una estrella, a fin de cuentas, las características de ambas están relacionadas en determinado sentido. Sin embargo, la estrella de Yornel carece de luz propia (elemento central dentro de la conceptualización del “objeto astronómico”), su especificidad está marcada por la intervención de agentes externos: una amplia batería de reflectores direccionales. De modo que aquello que la define en cuanto tal, y la conecta con la identidad que el título descubre, viene a ser un espejismo.

La instalación, claro está, nos remite con inmediatez a muchos de los tópicos más escrutados en la contemporaneidad. De ella emanan reflexiones alrededor de los universos del consumo, marketing, la espectacularidad que acompaña a innumerables fenómenos en los más diversos campos (fundamentalmente en el de la cultura), la transitoriedad y provisionalidad de los iconos de nuestro tiempo. Esta disposición crítica, aun cuando no emerja de un tipo de poética de sesgos políticos o activistas, va a ser un elemento que se manifieste en el quehacer de Yornel indirectamente. En este punto, vuelvo al mismo ensayo de Elvia cuando comentaba que la postura de este grupo de artistas generaba una crítica de fisonomía novedosa: la del reclamo al desafuero consumista y a los desmanes industriales (3). Dicha denuncia no será consumada de manera frontal, sino como consecuencia de su actitud con respecto al arte y la vida. La sintonía con la naturaleza, lo orgánico, lo residual, lo espontáneo habla de una comunión distinta con lo real. Nada que ver con las dinámicas aceleradas y triviales de nuestro way of life moderno.

Resulta que los discursos activados por Yornel, en el caso de esta instalación, no se limitan al juego de las alegorías. La obra desmonta las estructuras que dan corporalidad al presente, valiéndose de sus propios mecanismos. Esta ironía, imperceptible pero concisa, otorga a la pieza una dimensión mayor. La treta de hacer suyo el lenguaje y, a través de este, señalar sus grietas, aleja las reflexiones de lo anecdótico y las emplaza en el verdadero epicentro de la cuestión: la lógica que ordena el teatral sistema contemporáneo.

A pesar de ocupar el lugar central –y único– dentro de la exhibición, de ser la protagonista del encuentro, la pieza no es más que un simulacro. Lo que vemos parece entrar en contradicción con lo que leemos como acotación: ¿cómo puede una lámpara incapaz de emanar luz propia, ser comparada con una estrella?, sin embargo, más allá de esta imagen primera, es posible trazar confluencias de otra índole. La estrella, desde los márgenes representacionales de los escenarios socioeconómico y cultural tiene otras connotaciones, y estas son tan engañosas y ficticias como las de una lámpara a oscuras. La veracidad del título se manifiesta en la naturaleza del fenómeno al que la obra alude, y no en el engaño que comporta el mecanismo de implementación.

La estrella de Yornel juega con nosotros y nos confunde. Nos sentimos extrañados por la dualidad que le es inherente, por sus presuntas incongruencias. No obstante, Yornel sólo ha reproducido, tal y como tienen lugar en nuestra realidad, los fugaces procesos de singularización de una figura o producto, la construcción de los mitos modernos. Con el lirismo que es propio de su que hacer, desmonta sutilmente el mecanismo y lo presenta en toda su artificialidad. Es por esto que, al acercarnos a La estrella, regresa a nosotros la pipa de Magritte, la pipa que, al igual que esta estrella, nunca llega a ser pipa más que en el terreno de las ilusiones.

(1). En realidad se trata de dos versiones de una misma pieza. En la primera, realizada en 1926, la pipa y su inscripción se encuentran “flotando” en el lienzo; en la segunda, por el contrario, se hallan dos pipas, una de las cuales se enmarca en el espacio de un caballete.

(2). Castro, Elvia Rosa. Una muestra terciaria. En: La Gaceta, noviembre-diciembre, 2010, p. 61.

(3). Ibídem.